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Hi ha un fantasma sota el meu llit

Hi ha un fantasma sota el meu llit i cada nit el temo més. Em fa por estirar-me sabent que no dormiré, que quan les meves parpelles es facin pesades i les meves pestanyes comencin a pentinar-se em farà un crit, que el meu llit és ara seu i que el meu somni és inexistent. 

No sé quan va arribar, però vull que marxi. M’esgota sentir-lo caminar per l’habitació tocant els meus llibres ordenats, els perfums de Nadal, els papers guixats. A vegades riu, i la seva rialla no em fa por però em dol. Només quan la lluna és plena plora i plora i crida i crida i obre la porta i llença els fulls guixats fora i se’n va durant una estona. 

Una petita treva.

Però torna.

Sempre.

Quan la nit és clara i es troba de bon humor m’enllora les finestres. I després de passejar al meu voltant escriu al full entelat. La llum de la lluna m’entra per les lletres i els no-sé-quants-horitzons molt suaument. Mai el veig. Faig voltes i voltes al llit intentant que la son em faci una carícia, esperant que en algun moment em doni pau i em deixi dormir. Que marxi i no torni. No puc suportar una nit més la seva fiblada.

Marxa.

Si us plau, marxa.

Tu. 

Deixa de tocar les meves coses. Aparta’t dels meus llibres i dels meus escrits. Res d’això és teu i no n’has de fer res de les meves coses. Deixa d’obrir i regirar els meus calaixos, ho fas des del primer dia i és una cosa que no puc suportar, pot amb mi. Què hi has de trobar allà que sigui teu? Ja, ja ho sé: «Tot». Sempre ho dius. Era la teva contestació automàtica quan jo et feia aquesta mateixa pregunta. Deies «tot» i reies. No hi havia una sola cosa a la meva habitació que es pogués escapar del teu examen. Obries cada llibre que et cridava l’atenció i et feia gràcia trobar pàgines amb plecs a les puntes o frases ratllades amb llapis. Ensumaves tots els perfums posant-me un raig a parts diferents del meu cos i t’atansaves i el teu nas gairebé em tocava i reies i si la fragància era forta estossegaves. Després quan estàvem al llit la teva llengua errada llepava l’alcohol i feies ganyotes i reies. I rèiem. A les nits d’hivern, amb la porta tancada i tu i jo al llit, ens foníem en amoixades meloses i tendres; la finestra s’entelava i m’escrivies quan jo estava dormint adonant-me dies més tard d’allò que havies ditejat en uns vidres tan bruts. 

Si us plau, marxa.

Tu i el teu record m’esteu matant. 

No vull que arribi la lluna plena. No vull que llencis de nou per la meva habitació tot el meu desordre organitzat. Si us plau, marxa. No vull haver de dir tot allò un altre cop. No. No vull descobrir després de tot que la finestra estava entelada i que m’havies escrit.

Hi ha un fantasma sota el meu llit, i ets tu. 

Muñeca de trapo

Una muñeca de trapo. Su muñeca de trapo. Sólo buscaba eso. Se había empeñado en buscarla en las golfas cuando llegando para casa la había atrapado el olor de un jardín de amapolas, igual que el jardín de su abuela en aquellas mañanas en que lograba escabullirse de sus obligaciones sin demasiados problemas. Sus padres la dejaban con su abuela, una señora ya mayor pero que aún tenía amueblada la cabeza por aquel entonces. Su abuela siempre la llamaba Flor de loto,  y ella siendo chiquitita— ni aún ahora mientras buscaba su muñeca— sabía qué o cómo era una flor de loto, pero le encantaba escucharlo: Fl-or-de-lo-to. Con esas pausas. Sabiendo que flor era monosílabo pero que cuando se separaba era porqué algo estaba haciendo: «Dejá mis amapolas tranquila, Fl-or-de-lo-to. Andá y cogé tu muñequita de trapo».

Su muñequita de trapo.

La buscaba hasta con fiebre, intentando adivinar en qué dichosa caja puso Flor de loto su muñequita. En realidad lograba recordar poco aquella muñeca: sólo sus negras largas trenzas. Y quizás tenía los ojos de botones. Quizás. Iba abriendo una detrás de otra, despedazando su pasado sin encontrar lo que buscaba, el suelo iba crujiendo por la humedad que cogía y ella seguía abriendo paquetes en aquella habitación casi oscura salvada por un ojo de buey que iluminaba cuadros mal colgados, peluches abandonados y basura guardada por si algún día.

Se sintió terriblemente estúpida al encontrar un paquete de cartas jamás enviadas destinadas a aquel chico. Y como un eructo del pasado le vino a la memoria aquella tarde en casa de su abuela, siendo ya adolescente, escribiendo una de aquellas tantas epístolas mientras fuera llovía y su abuela escuchaba la radio a un volumen perforatímpanos. Con la llegada de la adolescencia, sus dulces cambios en su cuerpo y con la desgraciada decadencia mental de su abuela, aquella chica frente a la ventana que escribía cartas había dejado de ser aquella Flor de loto, excepto en ocasiones contadas, como aquella tarde que, mientras las amapolas se mojaban y echaban su dulce olor que hoy la había de alcanzar mientras llegaba a casa, ella iba escribiendo la carta y su abuela la miró y le dijo: «¿Por qué llorás, Flor de loto?»

Se acababan las cajas y muñeca de trapo aún no aparecía. Como para llamarla iba cantando una nana mientras bailaba al son y seguía buscando en las sombras, alejada del ojo. Pero el canto no funcionaba y en las cajas sólo encontraba vinilos, libros o VHS, nada que en aquel momento buscase. Hasta que llegó a la última caja, totalmente recóndita a la luz.

«¿Aquí, Flor de loto?»

Suspiró y la abrió.

Sólo encontró aquella maldita tela blanca que resplandecía por si sola a falta de luz. Aquel maldito vestido que no llegó a cumplir su cometido mientras repicaban las campanas cuando no tenían que sonar.

Sonrió.

«Fl-or-de-lo-to».

No había en Valencia…

Mientras tú leías unos versos de aquel poeta valenciano que yo tanto te había recomendado, yo te iba resiguiendo de lunar a lunar una constelación que se me antojaba más brillante que la celeste. Era una tarde angustiosa de agosto y yo, alternando caricias y besos, te complicaba la lectura y tú me mirabas con recelo reprochándome con una sonrisa mis intenciones. 

Estábamos hartos de la cala de aquel pueblecito valenciano y del sol sofocante y diste por buena la idea de encerrarnos en nuestro piso viejo y blanco. Tú leías de cara a la ventana, dejando que el tímido viento desease tu piel con ligero sabor a mar. Y cuando reseguía el mapa de tu piel con besos, mis labios se salaban y me pedían agua cuando yo sólo tenía sed de ti. Suspirabas, movías tu espalda desnuda con un pequeño baile volviendo a poner tu atención en los versos.

Poco a poco cedías, los versos se te juntaban y habías perdido ya el hilo de poema.

Mientras el calor era dueño solitario de las abandonadas terracitas de los cafés, nosotros nos adueñábamos el uno del otro, intentando cada uno encontrarse a sí mismo entre mordiscos y arañazos suaves. Confieso haberme perdido entre tus lunares mientras caíamos al suelo transformados en animales de recuerdos. 

Se anticipaban gemidos, gritos, suspiros a nuestro deseo de ser eternos.

Al acabar te levantabas, después de darme mil besos. Y de espaldas a mí, dejándome ver sólo tu bellísima constelación dorada por la casi púrpura luz del sol, me decías:

«No hay en Valencia dos amantes como nosotros»

Y sonreías.

Sonreías sabiendo que a partir de ahí tú, el pueblo, los versos y la cala erais infinitos en mí. 

Poquito a poco.

—   Er… Era primavera. Sí. Re…Recuerdo perfectamente que era primavera.

Marcos y Andrés, dos viejos jubilados, cumplían con su ritual de dar un lento paseo por el pueblo mientras hablaban de sus cosas. Era un ritual que se cumplía cada día desde hacía más de diez años. Marcos llegaba del estanco y se sentaba en un banco del parque mientras veía pasar los niños, los padres y el tiempo hasta que llegaba Andrés, aferrado a su bastón, dispuesto a dar una vuelta repitiendo día tras otro la misma conversación, los mismos temas. Cada día pasaban por delante del cementerio e inevitablemente a Marcos se le escapaba de la boca:

—   ¡Mírala! La tumba de Eloy. Estaba siempre con lo de: «Los libros son como las personas, Marcos, los libros son como las personas».

Marcos lo repetía una y otra vez, sin recordar lo que venía después. Y al cabo de unos metros los dos paraban para respirar y coger fuerzas para seguir otro trocito más. Entonces sacaban aire y miraban los metros recorridos y los que quedaban por recorrer. Entonces Marcos decía:

—   Poquito a poco, Andrés.

Y volvían a dar pasos lentos y avanzaban unos metros más. Solían hablar siempre de lo mismo. Hasta que uno de los dos preguntaba por algún amigo o conocido, y en ese caso había otro ritual a cumplir:

—   ¿Y cómo está Paco?

—   P’allí p’allá.

—   A ver…

Aquel martes era otro martes más. Marcos estaba en su banco y Andrés llegaba aferrado a su bastón, pero cuando dejaron el parque y llegaron tras cuatro breves paradas a la plaza mayor, algo se le encendió a Andrés:

—   Er… Era primavera. Sí. Re… Recuerdo perfectamente que era primavera.

—   ¿Qué me dices?

—   Er… Era primavera y eran las fiestas del pueblo, Marcos. ¿Te acuerdas ya? To… todo el mundo bailaba y María estaba allí— señalaba con su bastón un banco ya medio en ruinas, lleno de pintadas y con cáscaras de pipas en el suelo— sentada. M…me acerqué a ella y le pedí baile, Marcos. ¿T…te acuerdas ya?

Marcos escuchaba, pero había interiorizado tanto esa fea costumbre de su amigo de preguntar tanto si se acordaba ya que para él ya no era una pregunta. Andrés echaba una corta mirada a su compañero de viaje y volvía a hablar:

—   Y…y ya ves, Marcos, casados y con dos niñas.

—   A ver…

—   M…María siempre me pregunta y me recuerda que a son de qué le pedí yo baile, que cuando me acerqué sus amigas no paraban de decirle que yo era lo más parecido a un descosido que habían visto. Y… y ya ves, Marcos, casados y con dos hijas. E…el otro día se me casó Marta, la pequeña. S… siempre he dicho que esa niña será algo grande. A…algo tiene, Marcos, algo tiene que emboba. M…María dice que las consiento demasiado, Marcos, que no las enseño a ser buenas mujeres, ¿pero qué voy a enseñarles yo a mis hijas? A…Anna, la grande, las cosas le van genial y ¡lo mismo le he enseñado que a la pequeña! P…ues era primavera. Sí. E… era primavera. Y M…María estaba allí sentada.

—   ¿Cómo está María?

Y a Andrés se le cayeron las lágrimas sin tiempo a coger el pañuelo. Trataba de mirar al suelo que hacía cuarenta años había pisado con valor para pedirle baile a María. Y con el pañuelo en los ojos Andrés contesta:

—   P… p’allí p’allá…

—   A ver…

Pasó un buen rato mientras dos viejos jubilados veían pasar los niños, padres y el tiempo. Hasta que Marcos, levantando algo la voz dijo:

—   Poquito a poco, Andrés…

Ella.

Quizás fuese pura casualidad, quizás no exista un destino y todo viene por suerte, por un gran azar que tiene ganas de divertirse y te hace reencontrar un amor que creía muerto.

Pero allí estaba ella. Ella. La que había aparecido y desaparecido a su gusto, la que me atrajo, me tuvo entre sus manos y luego me soltó. Y no la localizaron ni mis llamadas, ni mensajes ni cartas, que por supuesto, no tuvieron respuesta. 

Pero allí estaba. Ella. En el tren.

Lejana a mis recuerdos, hacía como un año que había desaparecido y ahora se me presentaba como borrosa, pálida, con palabras dulces aunque dolorosas. Seguía manteniendo aquella figura hermosa, como sacada de un cuadro del Romanticismo. Y aunque mi corazón iba a saltos tras verla, al sentarme me embriagó una especie de paz. Su pelo largo y castaño, volvía a olerlo. Y sus delgados dedos me acariciaron de nuevo al encontrarse sin querer.

Y mi parada estaba próxima. Y no quería ir a la universidad estando ella a mi lado. 

Pero no me pidió que la acompañase. 

Si lo hubiese hecho hubiese podido disfrutar viéndola en contraste con el mar. La inmensidad al fondo, y ella de pie, acariciando con sus pies la arena a juego con su piel y yo contemplaría el paisaje volviéndome a enamorar. 

Pero ella no me lo pidió y yo bajé del tren. 

Y al darnos dos besos y bajar me di cuenta de lo crudo que puede ser el corazón cuando empieza a ser primavera y ella. Ella. Ya no está. 

A ti

Escribo y borro. Así va todo, ¿sabes? Mientras tú lees esta carta han sido escritas quizás diez, veinte o quizás sólo tres, todas con comienzos, hojas, palabras y sentimientos distintos.

Si ésta no es la versión definitiva, significa que estas palabras no eran adecuadas para ti. 

Mi vida sigue perdida tal y como te dije la última vez. Perdida entre risas y cervezas amargas, entre soledad y papel. La última vez que me escribiste me dijiste que parecía que habías encontrado al hombre definitivo, espero que todo saliese bien. 

Te escribo para decirte que hoy he vuelto a aquel banco, dónde grabemos nuestros nombres eternos en la madera; para decirte que he recordado al pasar tus labios y tus caricias, tan inesperadas para comenzar como para acabar. Quizás no lo acabes de recordar, hace mucho tiempo ya de todo aquello. Tú, en aquel entonces, solías sonreírle a la vida, solías gritarle sólo por diversión, “para que todos te escuchasen” me decías cuando estábamos a solas en lo alto de aquel pequeño monte, donde solías decirme que allí todo se veía tan fácil… Tú, en aquel entonces, eras para mí. Con aquel vestido liviano y colorido de verano, con aquella trenza larga y morena, con aquella sonrisa tan perfecta, con toda tú. 

Te escribo para decirte que hoy he vuelto a ver la botella que guardé para ti y para mí. Está vacía, pero me hizo gracia guardarla después de que dijeras, antes de darle el último trago y besarme, que lo dabas todo por perdido, que igual de rápido cómo habíamos acabado la botella, la vida nos bebería igual.

Te escribo porqué sí. Porqué echo mucho en falta tus gritos y tu alocada ira. Te escribo porqué la vida me consume, y me consumen los recuerdos y el paso del tiempo.

Y acabo ya porqué mi amarga cerveza se está acabando, tal y cómo acabemos nosotros en aquel setiembre. Cuando en aquel pequeño monte, tú me susurraste:

“Ardió Roma, cayó Constantinopla, y nosotros, tristes humanos, creemos que el tiempo es nuestro. Grítale a la vida, aún si ella cumple lo prometido. Grítale a la vida porqué es la única manera de que ella se dé cuenta de que estamos vivos, que queremos más y más. Se encendió París y Londres se agigantó, y nosotros queremos vivir todo aquello y la vida no nos deja. Grítale a la vida para decirle que no nos gusta dónde y cuándo vivimos. ¡Grita! Aunque sea para decirle a la vida que no sabes ni lo que quieres”. 

 

Siempre tuyo. 

Se perdió

Recuerdo que era morena, morena y grácil.  Recuerdo también que pasemos mucho tiempo juntos, quedando a escondidas por las esquinas de la ciudad y en bares poco transitados porqué ella tenía novio, o yo tenía novia… No sé, todo aquello fue cuando yo era joven y quería tanto a la vida que me daba igual fracasar.

Pasábamos muchas horas en parques inmensos, estirados a la luz del caluroso estío esperando la llegada del dulce otoño que calmara nuestra sed de besos y caricias con sus hojas tristes y derrotadas cayendo sobre nosotros. Pero aquél verano fue muy largo y nuestros besos cada vez más golosos e intensos, más atrevidos.  

Y fue precisamente en uno de aquellos parques, apoyados al tronco de un viejo árbol, cuando miraba sus verdosos ojos, donde me di cuenta de que era una chica verdaderamente buena, por la que valía la pena luchar. Y justo cuando pensaba aquello una hoja oscura y empapada cayó frente a mí. 

No recuerdo qué, cómo, por qué, nada. Sólo recuerdo que se perdió entre mis memorias y mis deseos de volverla a encontrar.

Recuerdo todo esto ahora porqué la he visto fumando en la puerta de un bar donde solíamos quedar. Ahora que soy viejo y miedoso, ahora que el verano ha pasado y decenas de barrenderos intentan hacerme creer que no estamos en otoño.

Historia corta

Estábamos los dos sentados en la barra de un bar, ella intentando ordenar sus pensamientos en su cabeza y hacérmelos saber y entender, y yo contando los minutos que faltaban para poderme marchar.

—    ¿Por qué eres así?— Dio un pequeño trago a su gin-tonic y me miró directamente a los ojos— ¿Tan imbécil, tan inmaduro, tan miedoso?

—    ¿Soy así? ¿Realmente me crees así?

—    Sí, llevas todo el rato desde que llevamos aquí mirando el reloj, mirando alrededor por si alguien te ve, moviendo tu vaso haciéndote el despistado… ¡Por Dios, sólo te faltaba soplarle al reloj para que el minutero fuese más deprisa!

—    Eso no sirve…

—    ¡No me vaciles! Te imaginaba diferente, ¿sabes? Da la sensación de que no te guste nada de la vida, que le tengas miedo a todo, que no te quieres arriesgar ni siquiera un poquito para ver si esta relación va alguna parte. Vas a morir solo, en busca de tu chica perfecta. En busca de una ilusión, porque al fin y al cabo no te gusta nada de esta vida.

Suspiré. Otra vez estaba en lo mismo de siempre. Di un sorbo pequeño, intentando respirar para calmarme y no decir ninguna tontería que pudiese ser ofensiva y comencé a decirle que yo estaba contento con mi vida, que me gustaban muchísimas cosas, pero que entendía que no era gusto de nadie ser rechazado. Le dije que yo también había sido rechazado un montón de veces y no por eso dudaba de las expectativas o los gustos sobre la vida de la chica. Que realmente ella se estaba portando como una inmadura, y que si mi mayor pecado era buscar a una chica que realmente valiese la pena es que estaba teniendo una vida muy sosa. 

Yo ya sabía quién era realmente mi chica perfecta, la había intentado conquistar miles de veces, pero si la vida fuera tan sencilla y generosa tampoco valdría mucho la pena.

Por las esquinas, de noche

Y si un hombre cae entre las sombras de la noche, venid y contármelo. Que no hay vida más plena y bella que la de un hombre anónimo.

Un hombre cruza la carretera cuando la ciudad entera está ardiendo de luces y jaleos. Lo alumbran carteles de neón que chillan por las esquinas, y los ladridos de gente peleándose en una discoteca cerca de allí y las risas estridentes de mujeres que disfrutan de la vida pasando en un descapotable a aquellas horas de la noche ya le son indiferentes.

Si tuvo algo alguna vez ya lo ha perdido, y ahora vaga con sus manos en los bolsillos buscando quién sabe qué. Se arrambla a la pared para dejar pasar a las parejas o a los grupos de amigos que consideran que la noche es suya, y sigue caminando calle abajo, sin detenerse. La gente no lo mira, no observa su abrigo viejo y roto, ni sus botas abiertas por la mala calidad de la suela, ni aquellos vaqueros ya desgastados.

Si alguna vez alguien lo quiso, ya desapareció. Y quizás cuando fue joven era bello y seguro, pero el paso del tiempo desgasta al ególatra siéndole más justo al trepador.

Y seguro que aquél joven ególatra ya consumado fue un gran tipo. Pero cuando uno intenta saber demasiadas cosas de la vida, siempre acaba siendo maltratado por ésta y juzgado como inútil o cobarde.

Asqueado por todo el mundo, el hombre sigue caminando y cruza cuando le es conveniente, porque no tiene a nadie en su mano a quién salvaguardar. Acaba girando en una esquina invisible a los demás.

Pero si algún día podéis ver a un hombre cayendo entre las sombras de la noche, venid y contármelo.

Volar del nido

Siempre se recuerda el día que vuelas del nido y te emancipas en un pequeño piso de alquiler en un barrio marginal, rodeado de vecinos violentos y de prostitutas nocturnas y camellos diurnos. 

Y ahí estaba yo, con dieciocho años recién cumplidos preparado para comerme la vida o que ésta me comiese a mí. El piso no prometía grandes alegrías, el anterior inquilino se había vengado del casero dejándolo todo hecho un asco y me tocaba a mí arreglarme aquella caverna al gusto.

—    Chaval, te aviso antes de que te encuentres con el culo fuera de esta casa, de este barrio y de esta ciudad: No quiero en mi casa nada de drogas. Absolutamente nada. Nada de prostitutas, ni fiestas, ni peleas aquí dentro. Y sobre todo, nada de música alta; no ya por mí, sino por los vecinos tan agradables que te darían una buena bienvenida al edificio— El hombre comenzó a reírse con una risa aguda más propia de un cerdo en el matadero que de un hombre rudo como era él—. ¿Entendido?— Me vio distraído contemplando la guarrería que había allí— ¿Eh? 

—    Sí, sí… Pero no pretenderás que limpie yo todo esto, ¿no? Podrías haberlo limpiado antes de mi llegada. 

El hombre se dirigió hacia la puerta dándome la espalda mientras vociferaba:

—    Tranquilo, chico. Ahora llamo a Alfred para que venga a disponerlo todo a gusto del señor. 

Volví a sentir a un cerdo sufrir. 

Recuerdo que de aquellas reglas poco a poco acabe sin cumplir ninguna… No penséis mal. La droga acabó entrando inevitablemente porqué todos los amigos que hice allí resultaron ser camellos. Las fiestas y peleas se montaban en segundos sin que yo pudiese evitarlo— Mis amigos resultaron ser muy generosos ofreciéndome parte de su mercancía— Y la prostituta… Me enteré que era una cuando me exigió la pasta después de hacerlo.

Así que supongo que sí, que la vida me comió.